Columna de opinión – El profesor como prioridad pendiente del país

Por Jorge Ramos
Rector Colegio Pumahue Chicauma
En el Día Mundial de la Educación, cuando el país vuelve a reflexionar sobre el rumbo de su sistema educativo, los resultados del proceso de admisión 2026 en Chile traen buenas noticias en varios frentes: un número histórico de estudiantes seleccionados, una mayor participación femenina en carreras científicas y una renovación en las preferencias de la juventud universitaria. Sin embargo, también revelan una tendencia preocupante: la caída de un 17,5 % en los seleccionados para programas de pedagogía respecto al año anterior, pese a que quienes sí ingresan muestran mejores puntajes de PAES en promedio.
Detrás de estos números hay una señal de alerta que merece ser analizada con seriedad: la disminución en el interés por la formación docente no solo es una cuestión estadística, sino que puede anticipar un problema futuro para nuestro sistema educativo. La profesión docente, núcleo de toda política educativa con sentido social, está perdiendo atractivo. Esto puede explicarse, en parte, por la percepción pública de una carrera devaluada, con menor valoración social y condiciones que no siempre reflejan su importancia. Al mismo tiempo, programas de incentivo para disciplinas específicas, como el impulso a la participación de mujeres en áreas STEM, han mostrado resultados positivos en equidad de género, dejando en evidencia que políticas bien diseñadas pueden mover tendencias estructurales con impacto social.
El profesor no es simplemente un transmisor de contenidos; es un formador de mentes críticas, un orientador de vocaciones y un constructor de futuro. Su presencia en las primeras etapas del desarrollo cognitivo y emocional de los estudiantes influye en decisiones trascendentales: qué estudiar, qué creer posible y cómo enfrentar los retos de la sociedad. Más aún, numerosos estudios demuestran que la calidad del profesorado y su compromiso pedagógico se traducen directamente en mejores resultados de aprendizaje y mayor equidad educativa. En contextos de cambio, esa labor se torna aún más estratégica. Lo que está en juego no es solo la calidad de la enseñanza, sino la cohesión social a través de la movilidad educativa y la justicia de oportunidades.
Es relevante considerar que el rol del docente es vital: en cada sala de clases se cruzan historias, miedos, talentos incipientes y sueños todavía sin nombre. Y ahí está el docente en todos los ciclos de la vida de un estudiante, día tras día, sembrando preguntas, abriendo caminos, ofreciendo palabras que, sin saberlo, pueden acompañar a una persona durante toda su vida. Pocas labores tienen un impacto tan profundo y silencioso a la vez.
La vocación docente no nace del heroísmo ni del sacrificio permanente, sino del vínculo. Es una labor que exige paciencia, sensibilidad y una convicción profunda en el potencial humano, porque enseñar no es solo transmitir saberes, sino confiar. En un momento en que el país discute su futuro educativo, esta reflexión se vuelve ineludible: como sociedad y desde las políticas públicas, debemos preguntarnos si estamos creando las condiciones necesarias para que más jóvenes quieran asumir esta responsabilidad esencial.
