¿Puede no medicarse ser una desventaja?: El filósofo Abel Wajnerman lo analiza en «Pensamiento a la intemperie»

- En una sociedad atravesada por la exigencia de rendimiento y la medicalización, Abel Wajnerman advierte sobre los límites éticos del vínculo entre mente, tecnología y vida social.
- En Pensamiento a la intemperie: ¿Qué entendemos por neuroética y de qué manera incide en nuestras vidas?, el autor examina cómo las plataformas digitales moldean hábitos, emociones y formas de percibir el mundo, especialmente en niños, niñas y adolescentes.
- El libro se integra a la colección de Ensayo y divulgación de La Pollera Ediciones dedicada a los cruces entre pensamiento contemporáneo, ciencia y ética, reuniendo voces que exploran el impacto de los avances tecnológicos en la vida cotidiana.
En una época marcada por la optimización permanente, la hiperconectividad y estándares de desempeño cada vez más altos, Abel Wajnerman plantea que el debate sobre la mente ya no puede separarse de las condiciones sociales y tecnológicas que la moldean. Frente a contextos laborales y educativos altamente competitivos, advierte que la discusión sobre salud mental y rendimiento no puede reducirse a decisiones individuales, sino que exige revisar el modelo social que las produce.
¿Podrían las tecnologías registrar o inferir los estados mentales? ¿Qué ocurre cuando el rendimiento académico o laboral comienza a sostenerse mediante intervenciones farmacológicas? ¿Cómo influyen los entornos digitales diseñados para capturar la atención en el desarrollo emocional de niños y adolescentes? Para Wajnerman, comprender el cerebro y desarrollar tecnologías capaces de interactuar con él no sólo abre oportunidades terapéuticas inéditas, sino que también obliga a repensar la autonomía, la identidad y la dignidad de las personas.
En esta entrevista, Wajnerman aborda el rol actual de la neurociencia, el concepto de “exposoma cerebral”, los límites éticos entre terapia y mejora, y los riesgos de que la neurotecnología amplifique desigualdades o transforme la optimización cognitiva en una exigencia social.
*Extracto de entrevista al autor Abel Wajnerman.
¿Cómo visualizas el vínculo entre las altas exigencias de rendimiento y el recurso a la medicalización en el escenario chileno?
—En el escenario chileno, el vínculo entre altas exigencias de rendimiento y medicalización no puede entenderse solo como una suma de decisiones individuales. Frente a contextos laborales y educativos altamente competitivos, la medicalización aparece como una forma de adaptación silenciosa: en lugar de cuestionar las condiciones que generan sobrecarga, se optimiza al individuo para que pueda sostenerlas.Lo que comienza como una ayuda excepcional termina redefiniendo lo que cuenta como funcionamiento aceptable. El uso de fármacos como el metilfenidato en personas sin diagnóstico no solo mejora foco o control ejecutivo, sino que eleva el umbral de lo que se espera de todos. En ese contexto, no medicarse puede transformarse en una desventaja. Esto genera un problema ético profundo: la medicalización deja de ser una respuesta al sufrimiento para convertirse en un requisito implícito de participación.
¿Cómo están influyendo los entornos saturados de pantallas y recompensas inmediatas en el desarrollo emocional de niños y adolescentes?
—En relación con las pantallas, las dinámicas de interacción tecnológica definidas por la llamada “economía de la atención” pueden tener un tremendo impacto en el desarrollo cerebral. Las plataformas compiten por capturar y retener atención, y lo logran personalizando el feed a partir de la retroalimentación que reciben de la conducta y los datos de los usuarios. De esta manera, los entornos digitales constituyen un entorno diseñado para modular conducta, hábitos atencionales y regulación emocional.
Un ambiente saturado de estímulos de alta saliencia y refuerzo frecuente puede volverse un factor que sesga estilos de atención, disminuye la tolerancia a la frustración y degrada las estrategias de regulación emocional (especialmente en niños y adolescentes, donde las redes de control inhibitorio y autorregulación todavía están madurando). Esto no implica demonizar a las pantallas, implica tratarlas como parte de un ambiente que “entrena” disposiciones afectivas y cognitivas, y cuyo diseño tiene que ser pensado y regulado responsablemente.
¿Existe el riesgo de que la neurotecnología produzca desigualdades, generando una brecha entre quienes pueden acceder a estas intervenciones y quienes no?
—Sí, el riesgo de que la neurotecnología produzca o profundice desigualdades es muy alto, y no se limita únicamente a la cuestión del acceso económico. Si bien el costo de estas intervenciones ya introduce una primera brecha, hay también desigualdades contextuales que resultan igual o incluso más relevantes. Quienes se encuentran en entornos más estables —con mayor educación, mejores condiciones laborales y mayor capital social— suelen estar en mejor posición para comprender, gestionar y apropiarse de los beneficios de estas tecnologías, así como para mitigar sus riesgos.
Quienes acceden antes o en mejores condiciones no solo rinden más en el presente, sino que amplían sus oportunidades futuras, lo que refuerza la desigualdad inicial. En ese escenario, la neurotecnología deja de ser una herramienta neutral y pasa a funcionar como un amplificador de asimetrías preexistentes.
¿Cuáles serán los ejes centrales que definirán la discusión sobre la neurotecnología y su impacto en la mente humana de aquí al 2030?
—Yo creo que de aquí al 2030, la discusión sobre neurotecnología y su impacto en la mente humana va a estar estructurada en torno a algunos ejes centrales que ya están emergiendo, pero que van a ganar mucha más relevancia.
El primero tiene que ver con los datos cerebrales y la privacidad mental. A medida que se desarrollen tecnologías capaces de registrar o inferir nuestros estados mentales, las preocupaciones irán más allá de las típicas vinculadas al manejo de nuestros datos y apuntarán a una transformación más profunda de la privacidad.
Un segundo eje clave será el de la autonomía, la identidad y la alienación. Si bien las tecnologías digitales (y más recientemente la inteligencia artificial) son una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. Las neurotecnologías establecerán un vínculo mucho más íntimo con los usuarios, tanto desde el punto de vista físico como funcional, integrándose de manera mucho más robusta con las personas, tal vez algo un poco más cercano a la idea de un cyborg.
El tercer eje estará marcado por la relación entre neurotecnología y desigualdad. Esto incluye problemas clásicos de acceso, pero también formas más sutiles de coerción blanda, donde ciertas intervenciones se vuelven prácticamente necesarias para competir o cumplir con expectativas sociales. Sin marcos regulatorios adecuados, la neurotecnología puede reforzar dinámicas de ventaja acumulativa y exclusión.
Sobre el autor
Abel Wajnerman Paz
Nació en Buenos Aires, Argentina. Es profesor en el Instituto de Éticas Aplicadas de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se formó como filósofo en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires —donde terminó su doctorado— y trabaja sobre temáticas que cruzan la reflexión filosófica y la investigación en neurociencia. Su investigación se ha centrado en la relación entre los fenómenos neuronales, y en el análisis neurocientífico de conceptos éticos fundamentales, como la identidad personal, la autonomía y la integridad psicológica.
