El Niño vuelve a poner la resiliencia tecnológica en la agenda de las empresas chilenas

En una operación crítica, la diferencia entre un incidente y una crisis muchas veces no está en evitar que algo falle, sino en la capacidad de seguir operando cuando ocurre. Esa reflexión adquiere especial relevancia ante un escenario de El Niño y la variabilidad climática que puede acompañarlo. Para empresas que gestionan operaciones distribuidas, instalaciones industriales, cadenas logísticas o servicios disponibles permanentemente, el clima puede convertirse también en una prueba para la infraestructura tecnológica.

Diego Ossa, CEO de Stefanini Group para la región Sur de Latinoamérica, explica que “un evento externo no necesita afectar directamente un servidor para interrumpir un negocio. Puede provocar un corte de energía, afectar las telecomunicaciones, impedir el acceso a una instalación o comprometer a un proveedor del que depende un proceso crítico. En ese escenario, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica y pasa a ser una conversación sobre continuidad, riesgo e impacto para el negocio”.

De la infraestructura al riesgo de negocio

Durante mucho tiempo, infraestructura y operaciones fue vista principalmente como una función técnica y, con frecuencia, como un centro de costos. Sin embargo, cuando prácticamente todos los procesos críticos dependen de sistemas, datos y conectividad, la disponibilidad tecnológica se convierte en una variable directamente vinculada con la capacidad de una empresa para operar.

Por eso, según el ejecutivo de Stefanini, “la conversación sobre resiliencia debe comenzar por el negocio. Antes de decidir cuánta redundancia, capacidad de almacenamiento o infraestructura adicional se necesita, conviene determinar qué procesos no pueden detenerse, cuánto tiempo pueden permanecer interrumpidos y qué consecuencias tendría esa interrupción”, agrega.

En ese sentido, Diego Ossa plantea que para un directorio, la pregunta relevante no es necesariamente cuántos servidores adicionales necesita la organización. Es qué ingresos quedarían expuestos, cuántos clientes podrían verse afectados, qué compromisos podrían incumplirse o cuánto tardaría la empresa en recuperar su operación.

Vista de esta manera, la resiliencia deja de ser únicamente una inversión tecnológica y se convierte en una capacidad estratégica.

Diseñar para recuperarse, no para prometer que nada fallará

“Ninguna arquitectura puede garantizar que una interrupción nunca ocurrirá. El objetivo es diseñar una operación capaz de continuar funcionando o recuperarse con rapidez cuando una parte de su ecosistema deja de estar disponible”, explica el ejecutivo de Stefanini.

Eso exige identificar puntos únicos de falla y comprender las dependencias que existen entre aplicaciones, datos, personas, instalaciones, energía, telecomunicaciones y proveedores.

La infraestructura híbrida adquiere valor precisamente en ese contexto. En Stefanini Group la entienden como la capacidad de integrar entornos on-premise, cloud y edge de acuerdo con la criticidad de cada operación. La nube puede aportar flexibilidad; los respaldos permiten recuperar información; la redundancia reduce dependencias y las conexiones alternativas ofrecen otras rutas cuando una vía principal deja de estar disponible. Pero ninguna garantiza continuidad de manera aislada.

De reaccionar a anticiparse

También está evolucionando la manera de gestionar la infraestructura. Durante años predominó una lógica reactiva: ocurre una falla, aparece una alerta y un equipo comienza a investigar qué sucedió.

“Hoy, los datos, la automatización y la inteligencia artificial permiten avanzar hacia operaciones más proactivas. A través de AIOps, por ejemplo, es posible correlacionar información proveniente de registros, métricas y eventos, identificar comportamientos anómalos, ayudar a determinar posibles causas y automatizar determinadas acciones de respuesta”, explica Diego Ossa.

Esto no significa que la IA pueda garantizar que una infraestructura nunca falle. Su valor está en proporcionar mayor visibilidad para reconocer señales tempranas, reducir tiempos de respuesta y ayudar a evitar que determinados incidentes escalen hasta afectar procesos críticos.

La resiliencia como capacidad permanente

Los escenarios climáticos sirven para hacer visible una vulnerabilidad que en realidad existe todo el año. Una organización puede enfrentar una interrupción por condiciones meteorológicas, pero también por una falla energética, un problema de conectividad, un incidente tecnológico o la indisponibilidad de un proveedor crítico.

Por eso, la resiliencia no debería entenderse como un proyecto que se implementa una vez y se archiva hasta la siguiente contingencia. Es una capacidad que debe operarse, probarse, medirse y evolucionar continuamente.

“Para las empresas chilenas, quizá ese sea el cambio más importante: dejar de pensar la infraestructura únicamente en términos de disponibilidad tecnológica y comenzar a gestionarla por su capacidad de sostener el negocio cuando las condiciones dejan de ser normales”, finaliza el ejecutivo de Stefanini.